Los problemas de salud mental durante la infancia y la adolescencia son más frecuentes de lo que pensamos. Sin embargo, no siempre es fácil reconocer cuándo un niño o adolescente está atravesando un momento difícil y cuándo ese malestar requiere atención profesional.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), aproximadamente 1 de cada 7 adolescentes de entre 10 y 19 años presenta un trastorno mental. La ansiedad, la depresión y los trastornos del comportamiento se encuentran entre los problemas más frecuentes.
Durante el crecimiento es normal experimentar inseguridades, cambios de humor, frustraciones o momentos de tristeza. La clave está en observar la intensidad y la duración de estas dificultades, el sufrimiento que generan y cómo afectan a la vida cotidiana. Cuando interfieren en el sueño, la alimentación, los estudios, las relaciones o las actividades que antes disfrutaban, conviene prestar atención.
Acompañar empieza por escuchar
Cuando vemos sufrir a nuestros hijos, es normal sentir preocupación e incluso impotencia. A veces, intentando ayudar, recurrimos a frases como «No pienses en eso», «Tienes que ser fuerte» o «Son cosas de la edad». Aunque nuestra intención sea buena, estas respuestas pueden hacer que se sientan incomprendidos.
Acompañar significa escuchar sin juzgar, evitar minimizar lo que sienten y no apresurarnos a dar consejos. Expresiones como «Estoy aquí contigo», «Gracias por contármelo» o «Entiendo que esto te está haciendo sufrir» pueden ayudarles a sentirse comprendidos y seguros.
No necesitamos tener todas las respuestas. Lo importante es que sepan que pueden acudir a nosotros sin miedo a ser juzgados o ridiculizados.
Hablar de salud mental también es prevenir
Los prejuicios todavía dificultan que muchos niños y adolescentes expresen su malestar o pidan ayuda. Hablar con naturalidad de ansiedad, depresión o autolesiones permite detectar el sufrimiento y facilita el acceso a apoyo profesional.
Es especialmente importante tomar en serio las autolesiones y las expresiones relacionadas con la muerte o el suicidio, como «No puedo más», «Ojalá no estuviera aquí» o «Sería mejor que no existiera». Aunque estas frases no implican necesariamente una intención suicida, nunca deben interpretarse como una simple llamada de atención.
Preguntar directamente y con calma por estos pensamientos no los provoca. Puede abrir una conversación necesaria y ayudar al menor a expresar lo que está viviendo. Ante las autolesiones o los pensamientos suicidas, no debemos esperar a que persistan para buscar ayuda profesional.
¿Cómo saber cuándo debemos preocuparnos?
En la infancia y la adolescencia pueden aparecer cambios de humor, irritabilidad o una mayor necesidad de espacio. Más que fijarnos en conductas aisladas, debemos observar si los cambios son intensos, se prolongan en el tiempo o afectan al bienestar y a la vida cotidiana.
Las familias pueden ayudar de diferentes maneras:
- Escuchar antes de intentar solucionar. Preguntar si necesitan que les escuchemos o si prefieren que busquemos soluciones juntos.
- Validar sus emociones. Reconocer lo que sienten sin necesidad de estar de acuerdo con todo lo que hacen.
- Evitar comparaciones. Cada persona vive el sufrimiento de manera diferente.
- Mantener una comunicación abierta. Interesarnos por cómo están sin esperar a que exista una crisis.
- Consultar cuando sea necesario. No hace falta esperar a que la situación empeore para buscar ayuda.
La prevención empieza mucho antes de una crisis
Cuidar la salud mental también implica crear desde la infancia espacios seguros donde hablar de emociones sea natural. Para ello, es importante enseñar a pedir ayuda y a tolerar la frustración, favorecer relaciones seguras y hábitos saludables, cuidar los vínculos familiares y prestar atención al acoso escolar, el ciberacoso y el uso de las redes sociales.
Los entornos familiares, escolares y sociales protectores desempeñan un papel fundamental en el bienestar emocional. Los niños y adolescentes necesitan saber que no tienen que enfrentarse solos a aquello que les supera.
¿Cuándo consultar con un profesional?
Un profesional de la salud mental infantojuvenil puede ayudar a comprender qué está ocurriendo, identificar factores de riesgo y protección y orientar a la familia sobre cómo acompañar al menor.
Si existe riesgo inmediato de suicidio, se ha producido una tentativa o el menor corre peligro de hacerse daño, es necesario buscar atención urgente o llamar al 112. En España, la línea 024 ofrece atención gratuita, confidencial y disponible las 24 horas a personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida, así como a sus familiares y allegados. Esta línea no sustituye la atención sanitaria urgente cuando es necesaria.
En Centro ALTEA, desde el área de Psicología y Psicoterapia Infantil y Adolescente, acompañamos a niños, adolescentes y familias ante dificultades emocionales y de comportamiento, teniendo en cuenta su etapa evolutiva y sus circunstancias personales.
Cuidar la salud mental también es cuidar la infancia. No se trata de evitar que nuestros hijos estén tristes o preocupados, sino de que sepan que pueden hablar de lo que les ocurre, que serán escuchados y que pedir ayuda siempre es una opción.
Preguntar. Escuchar. Acompañar. Observar. A veces, ese es el primer paso para que un niño o adolescente deje de sentirse solo.
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