“Se sube a todo”, “en el cole no aguanta sentado”, “siempre está moviéndose”, “no para quieto”. Si eres madre o padre, es posible que alguna de estas frases te resulte familiar.

Son comentarios que escuchamos con frecuencia en consulta y que suelen preocupar mucho a las familias. A veces, ese movimiento constante termina interpretándose como desobediencia, falta de límites o simplemente como que el niño “es muy inquieto”. Pero antes de llegar a esa conclusión conviene hacerse una pregunta: ¿qué necesidad hay detrás de ese movimiento constante?

Porque no todos los niños se mueven por el mismo motivo. Cuando esa necesidad de movimiento es muy intensa o interfiere en su día a día, ayuda mucho detenerse y observar qué consigue el niño al moverse.

El movimiento como herramienta de regulación: Moverse forma parte del desarrollo infantil: correr, saltar, girar o balancearse es la forma que tienen los niños de explorar y conocer su cuerpo.

Sin embargo, algunos parecen necesitar mucho más movimiento que otros y lo buscan de manera constante, incluso, en situaciones en las que el entorno pide lo contrario: sentarse a comer, atender en clase, esperar su turno o realizar una actividad tranquila.

En algunos casos, esta necesidad puede estar relacionada con la forma en la que el niño procesa la información que recibe a través del cuerpo. Dos sistemas sensoriales tienen especial relación con el movimiento: el sistema propioceptivo, que nos informa sobre la posición de nuestro cuerpo y la fuerza que utilizamos, y el sistema vestibular, relacionado con el movimiento, el equilibrio y los cambios de postura. Ambos juegan un papel clave en la capacidad para mantener la atención, organizarse y permanecer quieto. Si no reciben suficiente información, el cerebro “pide” más movimiento para poder regularse, organizarse o mantenerse disponible.

A veces ocurre algo que sorprende a las familias: un niño puede parecer más atento mientras se mueve que cuando le pedimos que esté quieto o sentado en la silla.

Señales que pueden darnos pistas:

  • Búsqueda constante de experiencias: correr, saltar, girar o balancearse sin motivo aparente, también cuando no toca (en clase, en la mesa, en el coche).
  • Dificultad para permanecer sentado: se retuerce en la silla, se levanta con frecuencia, se balancea o adopta posturas poco habituales (como tumbarse sobre la mesa) para realizar las tareas.
  • Necesidad de juego físico muy intenso: le encanta empujar, chocar, abrazar con fuerza o los juegos de lucha y contacto.
  • Impulsividad motora: actúa antes de pensar, le cuesta esperar su turno o ajustar el espacio y la fuerza al moverse, lo que a veces acaba en golpes o caídas.
  • Más atento cuando se mueve: paradójicamente, algunos niños atienden y aprenden mejor cuando se les permite moverse (de pie, con una pelota, caminando) que cuando se les exige estar completamente quietos.

Observar alguna de estas conductas de forma puntual no significa necesariamente que exista una dificultad. Pero es importante valorar con qué frecuencia aparecen, en qué situaciones, para qué le sirven y cuánto interfieren en su rutina cotidiana.

En muchos casos, lo que se esconde detrás es un sistema nervioso que busca por sí mismo la información sensorial que necesita para organizarse. En Terapia Ocupacional lo llamamos “búsqueda sensorial”. El movimiento no es la causa del problema, sino la estrategia que el niño utiliza para intentar sentirse en equilibrio. Por eso, prohibir el movimiento sin ofrecer alternativas no suele funcionar, ya que el cuerpo seguirá pidiendo esa información y, si no se la damos, la buscará como pueda.

¿Cuándo conviene consultar?

Si reconoces estas señales en tu hijo y notas que ese movimiento constante está afectando a su rendimiento escolar, a sus relaciones con otros niños o a las actividades cotidianas, una valoración puede ayudarte a entender mejor qué está ocurriendo.

En Centro Altea, el equipo de Terapia Ocupacional realiza una evaluación individualizada del niño y de su desempeño en los diferentes entornos. Además, somos especialistas en Integración Sensorial, así que cuando existen dificultades relacionadas con el procesamiento sensorial (qué necesidades sensoriales hay detrás de las conductas), se analiza cómo pueden estar influyendo en su regulación y participación. A partir de ahí, diseñamos un plan de intervención con actividades y pautas concretas (en consulta, en casa y en el colegio) con el fin de ayudar a canalizar esa necesidad de movimiento de una manera más organizada y funcional.

Porque ante un niño que “no para quieto”, quizá la pregunta más útil no sea ¿cómo conseguimos que se esté quieto?, sino ¿qué necesita para poder estar bien y participar en lo que está haciendo?

Fdo. Marta Domingo

Terapeuta Ocupacional

Nº Col: 46402248

Related Posts